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Una llegada apoteósica

Llamadme exagerada, pero no lo soy. Llegar a Bután es, en sí mismo, algo extraordinario. El avión sobrevuela el Himalaya. Con un poco de suerte el capitán te indica hacia donde mirar para ver el Everest o el Lhotse o el Makalu.

No has aterrizado y sientes que el viaje ya ha valido la pena.

Y si bien es cierto que el aeropuerto de Paro es de los más desafiantes del mundo, cuando pones pie allí sientes que has llegado al edén.

El país de la felicidad

En Bután no se preocupan tanto por el PIB como por el FNB, la Felicidad Nacional Bruta que prioriza el bienestar psicológico, la salud, la cultura y el medio ambiente.

La felicidad es más que un objetivo, es una misión, un propósito y se trabaja para conseguirla. El resultado… Las estadísticas dirán lo que dirán, pero yo hablo por mí: es el país de la felicidad y así me sentí.

Nido del Tigre, Bután

Todo encaja

Todo parece funcionar como lo habías soñado. Y una de esas cosas que soñamos los viajeros es hallar autenticidad y ausencia de turistas. Bután ha sabido protegerse del turismo masivo y ha conseguido mantener intacta su identidad, sus valores y sus principios.

Son profundamente respetuosos con todos y con todo. ¿Quieres un ejemplo? Su montaña más alta, el Gangkhar Puensum de 7570 metros, no se ha ascendido jamás.

Todo lo opuesto al masificado Everest, donde las toneladas de residuos inundan sus alrededores. Para los butaneses, su montaña más alta es la morada de los dioses y estos tienen que ser respetados. Y claro, lo son.

Algo me dejé en Bután

Cuando toca irse del país intentas que la felicidad que allí has experimentado no se desvanezca. En cualquier caso yo sentí que algo dejaba allí: mi espíritu y mi sensación de relax.

Un par de horas después aterrizas en Katmandú, en Nepal, y empieza el bullicio, el gentío… La realidad.

Roser Lloveras

Roser Lloveras

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